Historia de un cambio cuántico

Hace algunas semanas, me enteré a través del Tren de los viajeros sin prisa (las cartas slow de Mamen) del fallecimiento del Dr. Wayne Dyer, un popular autor de best sellers del crecimiento personal.

Nunca fui muy amiga de los best sellers ni de nada que sea muy mediático o popular (con el tiempo compruebo que se quedan en la superficie, en lo frívolo, en lo trivial…), pero reconozco que a veces se rescatan auténticas joyas de la estantería de los más vendidos.

Así me sucedió con el Dr. Dyer, que un día me salió como sugerencia de youtube y me cautivó desde el primer momento.

Por eso, cuando recibí la noticia de su muerte, quise honrarle de la mejor manera que supe: compartiendo su mensaje, y me puse a revisionar su película El Cambio. Sabía que en su momento – cuando la vi por primera vez hace tres o cuatro años – me había encantado, pero no recordaba muy bien por qué, así que la volví a ver entera.

Tuve la suerte de disfrutarla como el primer día, algo que en realidad me sucede a menudo: vuelvo a ver algo que sé que me gusta, pero esta vez es diferente. Puede que me guste incluso más o que de pronto me parezca una tontería, pero hacía tanto tiempo que no lo revisaba que lo tenía olvidado por completo… Y ahora que lo retomo es distinto; como si fuera otra película, otro libro, otra historia…

Pero la historia no ha cambiado, he cambiado yo. He crecido, he evolucionado, y lo que antes me parecía la pera ahora ya no lo es tanto. O al revés, algo a lo que no le daba importancia, de pronto se convierte en el centro de mi atención.

De algo parecido habla el señor Dyer en su película, de un cambio que aparece por sorpresa y se convierte en una sacudida tan grande que tu vida tal y como la conocías desaparece.

Mientras la veía tomé un montón de notas (quería comentarla aquí, entonces mejor hablar con propiedad), pero luego me di cuenta de que no era eso lo que tenía que compartir. Entendí que era mejor que tú la vieses a tu manera, sin condicionamientos, y que sacaras tus propias conclusiones. En definitiva, que encontrases por tí misma el mensaje que tiene para tí, porque seguramente será diferente al mío.

Comprendí, al fin, que de lo que tenía que hablar era de mi cambio personal, de mi experiencia; porque yo misma lo viví paso a paso, tal y como se relata en la película. Y aunque ya hablo un poco de ello en mi about, en realidad hay mucho más detrás de estas palabras.

Porque ese momento, mi “cambio cuántico”, es el germen de este proyecto y de la persona que soy ahora.

Al igual que les sucede a los personajes de la película, hubo un tiempo en el que yo también me sentí “perdida”, por decirlo de alguna manera. Yo también fui la ambiciosa que sólo tenía en cuenta sus triunfos laborales (y por tanto si algo salía mal sentía que no valía lo suficiente); la neurótica que estaba siempre corriendo detrás del siguiente objetivo. La intolerante que se ponía como una fiera cuando las cosas no salían como las había planeado, la que intentaba tapar todos los agujeros de su vida con un vestido nuevo. La que estaba constantemente pensando en los demás, porque tenía demasiado miedo para ocuparse de sí misma…

Creo que no hace falta decir lo mal que estaba; lo vacía, desubicada y jodidamente insatisfecha que me sentía… Pero afortunadamente todo eso cambió. De forma gradual al principio, vertiginosamente después:

Tenía 24 años y después de una temporada tratando de ganarme la vida como productora de espectáculos, acababa de descubrir que no me entusiasmaba demasiado; acababa de darme cuenta de que el ‘mundo del espectáculo’ es tan superficial e interesado como lo pintan.

Y es que cuando me metí en ese sector, lo hice porque creía que se podían aportar muchas cosas desde el arte, la cultura, la música y la danza… Pero con la experiencia descubrí que son muy pocos los artistas que tienen esa motivación. Por eso no entendía por qué tanta histeria, si al fin y al cabo no pasaba nada porque el concierto de turno se retrasase 15 minutos…

Y lo que más me dolía: tampoco pasaba nada si por algún motivo había que cancelar. Mi aportación al mundo del arte y la cultura era tan nimia que casi ni existía…

Estaba muy harta del estrés, de vivir pendiente del teléfono 24/7, de los plazos, los imprevistos, de pasarme el día apagando fuegos y corriendo como si la vida de alguien estuviese en peligro; cuando en realidad lo único que hacía era convocar a 15 personas para una prueba de sonido…

Entonces decidí que seguiría siendo camarera una temporada más, mientras pensaba qué era realmente lo que quería hacer con mi vida.

Al mismo tiempo, acababa de mudarme a compartir piso con mi pareja, por primera vez en la historia (primera vez que convivía y primera vez que tenía pareja en serio). Y entonces me asusté. Me asusté un montón, porque casi sin darme cuenta estaba construyendo una vida con un tío fabuloso, que también trabajaba en hostelería y al que apenas veía una vez a la semana a pesar de vivir bajo el mismo techo.

Hasta entonces me había dado igual mi ocupación. No me importaba vivir detrás de la barra de un bar, porque siempre había sido algo provisional: los veranos entre curso y curso, seis meses hasta que salga el próximo proyecto, una temporada para ahorrar algo de dinero… Pero esta vez era diferente, esta vez no había fecha de caducidad y el túnel pintaba muy largo y muy negro.

Me di cuenta de que estaba cansada de vivir parcheando, del trabajo temporal que no me dejaba nada – ni siquiera derecho a paro, porque la mayoría de las veces los contratos eran muy cutres. Estaba cansada de la precariedad, pero la cosa no había hecho más que empezar: acababa de estallar la crisis y de golpe todo fue muy a peor. Entonces acepté otro trabajo de mierda, mal pagado y con turnos imposibles, y me pasé los meses siguientes buscando algo mejor que no encontraba…

Hasta que un día reventé. Un domingo que me sonó el despertador a las 5:45 de la mañana, reventé.

Ya había amanecido toda la semana entre lágrimas, pero ese día no pude más…

Salí de la cama, me vestí como pude y bajé al frío de la calle a esperar el autobús. Salí corriendo, como siempre, porque vivía con la presión de no equivocarme de turno (porque todos los días era diferente). Salí a la calle respirando corto y deseando desde lo más profundo de mi corazón que me pasase cualquier cosa para no ir a trabajar ese día (“nada grave, un esguince al bajar el bordillo, que me tenga de baja 15 días pero que tampoco me obligue a estar en cama muerta del asco…” – ¡Fíjate si estaba enferma para andar pensando así!)

Cuando llegué a la parada, ya me había fumado tres cigarrillos y todavía no había dejado de llorar. Monté en el autobús como siempre, pero a los 10 minutos, casi sin pensarlo, toqué el timbre y me bajé donde estaba. N o – p o d í a – m á s. La sola idea de tener ‘otro día de esos’ me angustiaba tanto que no podía más.

Pensé en volver a casa, pero me fui a urgencias a buscar un parte, que al fin y al cabo al día siguiente tendría que presentar algo por mi falta. Cuando me vio el médico, todavía seguía llorando. Me preguntó qué me pasaba y lo único que atiné a decirle fue que no podía parar de llorar. Entonces me puso una inyección y me mandó para casa. Llamé a mi encargada y entre lágrimas le conté lo que había pasado. Ella, con un rintintín que no olvidaré nunca, me dijo: “Es que hay que ver, todos los domingos igual, cuando no es una es la otra…” – Gracias por tu comprensión, pensé.

Llegué a casa y me metí en la cama. “No vas a trabajar” – me preguntó Ramón. “No. Estoy de baja” (al final, mi enfermizo sueño se había hecho realidad…) Y por la tarde, cuando reuní fuerzas para salir de la cama, leí el papel que me dieron en urgencias. Acababa de tener mi primera crisis de ansiedad y lo que me habían inyectado en urgencias era media pipeta de valium.

¿VALIUM? ¿Tengo 24 años y necesito valium para enfrentarme a mi vida? Si es así ahora, no quiero saber cómo será más adelante…

Aunque seguí en ese trabajo hasta acabar el contrato, esta experiencia me sirvió para reconocer que no era eso lo que quería para mí. Ni tan siquiera estaba cerca. Entonces, cuando por fin me echaron, decidí que había llegado el momento de hacer algo al respecto.

Mi plan era cobrar el paro durante unos meses y tomarme ese tiempo para pensar; pero, para mi desgracia, no tenía derecho a paro. Me faltaban 10 días de cotización para poder cobrarlo.

Una vez más maldije mi suerte, pero ya estaba en un punto en el que me daba todo igual: prefería morirme de hambre antes que tener que volver al valium.

Entonces llamé a Nelly y concerté una cita para la semana siguiente. Fui a su consulta, le conté cómo estaba, cómo me sentía, y no tardó cinco minutos en poder darme el diagnóstico: depresión. Y se me vino el mundo abajo…

Pero fui valiente. Durante un año cogí el autobús cada semana para ir a verla, y durante ese año lloré hasta sentirme exhausta. Sin embargo, con cada sesión, poco a poco pude ir reconociendo aquellas creencias limitantes que me habían llevado hasta allí y pude empezar a desprenderme de ellas. Poco a poco.

Y no, no fue nada maravilloso. Darte cuenta de cómo y dónde la estás cagando, duele.

Duele porque cuando tú cambias, tu entorno cambia y no todo el mundo entiende por lo que estás pasando. No todo el mundo tiene la paciencia y el amor para dejarte ser. Y cuando las personas más cercanas a tí te dan la espalda, duele. Cuando tus amigos más queridos te dicen “mejor llámame cuando estés bien”, duele. Cuando te echan en cara que “antes molabas más”, duele mucho. Porque sí, quizás antes te molase más a tí, pero por si no te diste cuenta yo me sentía como el culo… Pero, en fin, una experiencia de este tipo también sirve de colador.

Al cabo de un año, poco a poco fui sintiéndome con fuerzas para retomar las riendas de mi vida. Despacio, más tranquila y sin tanto miedo, empecé a pensar qué era lo que quería hacer y me di cuenta de que no podía volver a donde estaba; todo aquello me había hecho demasiado daño.

Entonces decidí probar cómo serían las cosas de otra manera, a mi manera. Y empecé a trazar un plan que luego sería La Mujer Araña.

Pero todavía había un inconveniente: seguía sin tener derecho a paro y no me podía permitir un año entero de no hacer nada… Entonces recé. Sí, recé y le pedí a la parte de divino que hay en mí que me echara una mano. “Si me sale el paro, lo voy a invertir para montar este proyecto”.

Y diez días después, tan sólo diez días después, timbró el cartero con una notificación del INEM: mi prestación había sido aprobada, empezaría a cobrar a fin de mes.

Casi me caigo de espaldas. No podía creer lo que había sucedido ¡Un milagro! Y después de un brindis de celebración en la cocina de mi casa, me puse manos a la obra. Al fin y al cabo, tenía un compromiso: el paro había llegado, ahora me tocaba actuar a mí.

Así empezó todo esto, por fortuna. Y desde ese día no he dejado de sentirme bendita. Muy agradecida. Porque desde entonces no han dejado de sucederse las casualidades que me han guiado por el camino correcto. Porque todos estos años como La Mujer Araña no sólo me sirvieron para tener una pequeña fuente de ingresos; sobretodo me dieron la oportunidad de seguir buscando, seguir buceando para acercarme a mi esencia y descubrir todo aquello que puedo aportar.

Pero cuidado, no vayas a creer que vivo en un mundo mágico, lleno de milagros.

Bueno, es así de alguna manera; pero sigo trabajando cada día, enfrentándome a los mismos miedos y dudas que cualquiera.

Sigo trabajando pero algo cambió. Y es un algo tan fundamental que lo cambia todo: aprendí a confiar. Confiar en que cuando uno está alineado con su propósito, en el lugar y en el momento en el que tiene que estar; entonces sucede exactamente lo que tiene que suceder y la vida provee.

Cambié mi definición del éxito y comprendí que el verdadero objetivo es vivir inspirados.

Aprendí a no sentirme víctima de las circunstancias y a desempeñar el rol protagonista de mi vida; aquél que toma decisiones conscientes, consecuentes y responsables.

Y sí, fue un momento muy duro, pero ahora sé que son clave para evolucionar. Si en lugar de caer en lamentos conseguimos extraer el aprendizaje que se esconde tras la adversidad, estos momentos de cambio siempre nos conducirán a un lugar mejor. A una mejor versión de nosotros mismos.

¿Por qué te he contado todo esto?

Porque todos, en algún momento, nos sentimos vacíos. Sentimos que no estamos en el lugar que nos corresponde y nuestra vida parece un completo sinsentido… Por eso me pareció importante compartir mi experiencia, porque quizás haya más personas atravesando este momento y mi testimonio le pueda ser de ayuda; tal y como en su día a mi me ayudaron las historias de otros.

Si quieres seguir profundizando en esto del cambio, te invito a que le eches un vistazo a este artículo de Universo Flow. Mamen comparte tres experiencias de cambio, tres experiencias de valor y arrojo que quizás te inspiren para seguir buceando…

¡Hasta la próxima! Un abrazo,

Firma

 

Por cierto, en nada y menos comienza la temporada de monográficos. Si quieres recibir la información directamente en tu email, apúntate a esta lista.
Un millón de gracias por los emails y comentarios de apoyo después del artículo que publiqué la semana pasada. Me ponéis el corazón muy contento ❤
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8 pensamientos en “Historia de un cambio cuántico

  1. Hola Veronica, pero que alma tan hermosa tienes!! Te felicito de corazón por tu superación y por decidir a amarte cada dia un poquito más. Me ha parecido muy valiente tu entrada y, como bien dices, da cosa “desnudarse” por dentro ante el mundo pero seguro con tu experiencia compartida ayudas a brillar a más personas… la luz atrae luz :-)! A partir de ahora tienes una nueva lectora de tu blog y una amiga en mí… Gracias!

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    • Gracias, que palabras más hermosas!! Con el tiempo compruebo que, a pesar del miedo inicial, fue una buena decisión escribir y compartir estas palabras. Terapéutico para mí, terapéutico para muchas. Un abrazo! ❤

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  2. Uy como me han llegado tus palabras, me he sentido muy identificada con tu historia. Me alegro que hayas encontrado el camino. Yo sigo en ello. Muchas gracias por compartir con tanto sentimiento se nota que son palabras del corazón las únicas que son capaces de llegar a los lectores.

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  3. Me ha gustado mucho conocer tu historia. Un poco de sinceridad en este mundo de blogs de fantasía que vivimos (que tampoco es que esté mal, todo tiene su sitio…).
    Voy a verme la película de El Cambio con gran interés, que también estoy en ello.

    Besos.

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    • Ese era justo el cometido: estar happy todo el día y compartir memes optimistas está muy bien, pero detrás de todo eso siempre hay una historia más real. Me alegro mucho de que te gustara! Disfruta de la peli y adelante, siempre vamos a un lugar mejor. Abrazote!! :*

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    • Gracias, Arantza! Escribir algo así impone y hace que te cagues de miedo por mostrarte tan desnuda, pero al mismo tiempo es una especie de catarsis que me deja limpia y fresca. Queda mucho camino, es cierto, pero cuando decides transitarlo con conciencia muchso miedos desaparecen y empieza a aparecer la belleza, la magia, a cada paso. Un abrazo! ❤

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